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Por qué saber de finanzas no siempre basta para ahorrar: la paradoja del chimpancé

Por admin 7 min de lectura

Aprender a hacer un presupuesto, comparar créditos, organizar las deudas o calcular cuánto se necesita ahorrar suele considerarse la base de una buena educación financiera. Sin embargo, conocer estas herramientas no necesariamente significa que una persona vaya a utilizarlas de manera constante. De acuerdo con un análisis difundido por el Foro Económico Mundial, existe otra parte de la ecuación que suele recibir menos atención: la identidad, las emociones y las creencias que cada persona desarrolla alrededor del dinero.

Tracey Chambers, directora ejecutiva y cofundadora de Taking Care of Business, sostiene que, pese a décadas de programas de educación financiera y miles de millones de dólares destinados a estas iniciativas, conseguir cambios duraderos continúa siendo un desafío, especialmente entre personas que viven en comunidades de bajos ingresos.

El problema, desde esta perspectiva, no siempre está en desconocer qué debería hacerse con el dinero, sino en lo que ocurre en el momento de tomar una decisión. Una persona puede saber que necesita ahorrar, tener un presupuesto e incluso establecer una meta concreta y, aun así, terminar gastando el dinero ante una situación de estrés, una necesidad emocional o una gratificación inmediata.

¿Cómo está la educación financiera en México?

La dimensión del problema puede observarse en algunos indicadores sobre los hábitos financieros. El Global Findex 2025 del Banco Mundial señala que en 2024 únicamente 40% de los adultos de las economías en desarrollo ahorraba en una cuenta financiera.

En México, la Encuesta Nacional sobre Salud Financiera muestra que los hábitos de planeación todavía tienen importantes áreas de oportunidad. Una proporción reducida de la población realiza un presupuesto y poco más de la mitad lleva algún tipo de control de sus gastos.

Cuando no existe una estrategia para administrar los ingresos, un gasto inesperado puede tener consecuencias importantes. Una reparación del automóvil, una emergencia familiar, una pérdida temporal de ingresos o una deuda que crece con los intereses pueden alterar rápidamente las finanzas de un hogar.

A esto se suma el impacto emocional. Las dificultades económicas pueden generar preocupación constante y estrés financiero, especialmente cuando una persona siente que sus ingresos son insuficientes para cubrir sus necesidades habituales.

Por eso, la educación financiera no consiste únicamente en aprender a utilizar una calculadora o conocer la diferencia entre determinados productos bancarios. También implica comprender por qué tomamos determinadas decisiones con nuestro dinero.

¿Qué es la paradoja del chimpancé?

Para explicar esta dimensión psicológica, Chambers retoma el modelo desarrollado por el psiquiatra Steve Peters, conocido como la “paradoja del chimpancé”. El concepto plantea que dentro de la mente existe una especie de conflicto entre una parte emocional e impulsiva y otra más racional y orientada a la planificación.

Llevado al terreno financiero, el modelo puede entenderse a través de tres elementos. El primero es el chimpancé, asociado con el cerebro emocional. Actúa rápidamente, busca seguridad y gratificación inmediata y puede tomar el control cuando una persona se encuentra bajo presión o enfrenta una tentación.

El segundo es la computadora, que representa las creencias y los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida. En este apartado entran las historias familiares, las experiencias relacionadas con la escasez y las ideas que una persona desarrolla acerca de cuánto dinero puede tener, qué merece o qué tan capaz se considera para administrarlo.

El tercero es el humano, que representa la parte racional. Es el que establece objetivos, calcula, compara opciones y diseña un presupuesto.

El conflicto aparece cuando esas tres dimensiones no están alineadas. Una persona puede establecer racionalmente que quiere ahorrar determinada cantidad cada mes, pero ante una situación de estrés puede imponerse la necesidad inmediata de gastar. El problema no necesariamente significa que desconozca cómo ahorrar, sino que su comportamiento emocional terminó dominando la decisión.

Las creencias también influyen en la relación con el dinero

Las experiencias de infancia y las condiciones económicas de una familia pueden contribuir a formar determinadas ideas sobre el dinero. Algunas personas pueden crecer escuchando frases como “en esta familia siempre hemos sido pobres”, “no se me dan las matemáticas” o “las finanzas son para personas con estudios”.

Con el tiempo, esas afirmaciones pueden convertirse en una parte de la identidad y afectar las decisiones posteriores.

Por ejemplo, alguien que considera que nunca podrá ahorrar puede tener dificultades para establecer una meta de largo plazo, incluso cuando sus ingresos aumentan. Del mismo modo, una persona que relaciona el dinero exclusivamente con la preocupación puede desarrollar conductas de evitación y dejar de revisar sus cuentas, deudas o gastos.

Esto ayuda a explicar por qué saber qué hacer no siempre se traduce automáticamente en hacerlo.

La comparación puede ser similar a otros hábitos relacionados con la salud. Una persona puede saber que necesita dormir mejor, comer de manera equilibrada o realizar actividad física, pero la información por sí sola no garantiza que modifique sus hábitos. Para que exista un cambio sostenido también intervienen la motivación, el entorno, las emociones y las rutinas.

En las finanzas ocurre algo parecido.

¿Qué se necesita para conseguir un cambio financiero duradero?

De acuerdo con el planteamiento de Chambers, existen tres elementos que pueden ayudar a convertir el conocimiento en comportamiento sostenido.

El primero es contar con un motivador suficientemente importante, que puede surgir de una situación que la persona quiere cambiar o de una meta que considera especialmente valiosa. Salir de una deuda, comprar una vivienda, garantizar la educación de los hijos o construir un fondo para enfrentar emergencias pueden convertirse en razones con suficiente peso emocional para modificar hábitos.

El segundo es trabajar sobre la mentalidad. Esto implica reconocer el conflicto entre la reacción emocional y la planificación racional, además de identificar las creencias que pueden estar influyendo en las decisiones.

El tercero es convertir esa motivación en compromisos concretos y planificación. Una meta financiera necesita traducirse en acciones posibles: cuánto ahorrar, durante cuánto tiempo, qué gastos pueden reducirse y cómo se dará seguimiento al avance.

Los tres componentes se complementan. Una persona puede tener una excelente herramienta de presupuesto, pero si no existe una razón suficientemente importante para modificar sus hábitos, probablemente abandonará el plan. También puede tener una enorme motivación, pero sin objetivos realistas y un método para alcanzarlos, el entusiasmo puede desaparecer.

El objetivo no es eliminar las emociones

La principal enseñanza de este enfoque no es que las emociones sean enemigas de las finanzas personales. De hecho, intentar tomar todas las decisiones económicas exclusivamente desde la lógica puede resultar poco realista.

El objetivo es reconocer que las emociones forman parte de las decisiones y aprender a anticipar los momentos en los que pueden influir con mayor fuerza.

Esto puede significar establecer mecanismos que faciliten el ahorro antes de que llegue la tentación de gastar, definir metas específicas, separar una cantidad determinada al recibir los ingresos o establecer límites para ciertos gastos. También implica identificar qué situaciones provocan compras impulsivas o qué pensamientos aparecen cuando se enfrenta una dificultad económica.

De esta manera, la educación financiera deja de ser únicamente una clase sobre números y comienza a incorporar elementos de comportamiento.

Saber de dinero también significa entenderse a uno mismo

La propuesta del Foro Económico Mundial coloca el comportamiento en el centro de una discusión que durante mucho tiempo se concentró principalmente en las herramientas financieras. Saber hacer un presupuesto sigue siendo importante, pero puede no ser suficiente si no se comprende qué emociones y creencias intervienen cuando llega el momento de cumplirlo.

En un contexto donde muchas familias enfrentan ingresos limitados, deudas y gastos inesperados, entender esa dimensión puede ser especialmente relevante. Una mejor relación con el dinero no depende únicamente de aprender a sumar, restar o comparar tasas de interés, sino también de reconocer los patrones que llevan a gastar, ahorrar, evitar o postergar determinadas decisiones.

La llamada paradoja del chimpancé ofrece, en ese sentido, una manera de entender por qué una decisión que parece sencilla sobre el papel puede resultar mucho más compleja en la vida cotidiana: el dinero no se administra solamente con números, también con emociones, experiencias y creencias.

 

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Redacción de Acción Informativa.

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